Intervención del codirector César Giraldo en el Precongreso Santander Visión Prospectiva Territorial 2050

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Realizado en la Universidad Industrial de Santander – Bucaramanga, 20 de noviembre de 2025

Fecha de publicación

(*Las opiniones expresadas en esta intervención no comprometen al Banco de la República ni a su Junta Directiva. Son a título personal del codirector César Giraldo.)

Agradezco la invitación a este espacio para reflexionar sobre las perspectivas del futuro, en un diálogo entre expectativas y realidades. Mi intervención será general, no regional, y parte de una idea central: la economía colombiana muestra un crecimiento positivo y distinto, lo que plantea preguntas sobre las sendas de desarrollo económico que debemos considerar.

Este crecimiento, superior al promedio latinoamericano, ocurre en un contexto global cambiante: tensiones geopolíticas, ruptura de cadenas de valor por la disputa entre Estados Unidos y China, y un mayor peso de lo territorial. Ante esto, Colombia no puede limitarse a observar; debemos actuar y definir cómo hacerlo.

Para ilustrar, veamos las cifras recientes: el PIB se recupera desde 2023, con un crecimiento cercano al 3%. Aunque menor al histórico 5%, destaca frente al desempeño modesto de América Latina y el mundo. El impulso proviene del consumo de los hogares (4%) y del gasto del gobierno (15,2%), en el tercer trimestre. La inversión, que había caído, muestra señales de recuperación: la formación bruta de capital fijo creció 5,2% el año pasado y 8,8% en el tercer trimestre. En conjunto, la demanda interna aumenta 5%, jalonando el crecimiento del PIB.

Este crecimiento está impulsado principalmente por el aumento del ingreso disponible de los hogares, acompañado de un mayor ahorro. Lo importante es que no se trata de un crecimiento basado en endeudamiento, sino en ingresos, lo que lo hace más sostenible. Hoy, cerca del 75% de la demanda agregada proviene del gasto de los hogares.

¿Por qué crecen los ingresos?

  • El salario mínimo ha aumentado por encima de la inflación desde 2022.
  • La inflación bajó del 13% en 2022 al 5% actual.
  • El desempleo se ubica en 8,2%, el nivel más bajo en décadas.
    Esto contradice la idea de que subir el salario mínimo genera inflación y desempleo. La evidencia muestra lo contrario: mayor salario, menor inflación y más empleo. Recordemos que el ingreso es costo para la empresa, pero también gasto que impulsa demanda. Sin ingresos, no hay mercado.

Otros factores que fortalecen el ingreso:

  • Aumento de remesas.
  • Crecimiento agropecuario (8% en 2024, con variaciones positivas en 2025).
  • Expansión de la industria manufacturera (4,3%, y es mayor si se excluye refinación y coquización).
  • Comercio creciendo alrededor del 5%.

Por el lado externo, las exportaciones manufactureras y de servicios aumentan, mientras las de petróleo y carbón caen. El turismo también crece. Esto indica un cambio en la dinámica productiva y exportadora, con mayor peso del mercado interno y sectores distintos a los tradicionales.

Claro, persiste el reto de las finanzas públicas, que debemos abordar. En materia fiscal, el déficit del Gobierno Nacional Central fue 6,8% del PIB el año pasado y podría llegar a 7% este año, según proyecciones. Un déficit alto implica mayor endeudamiento, pero el problema no es la financiación: la demanda por bonos del gobierno supera varias veces la oferta, lo que permite colocarlos sin dificultad.

Además, se han hecho operaciones de manejo de deuda que reducen costos: por ejemplo, cambiar bonos en dólares al 13% por bonos en francos suizos al 2%, lo que disminuye intereses y mejora el perfil de la deuda. También la caída del dólar reduce el peso de la deuda externa sobre el PIB. Sin embargo, esto no elimina el déficit, solo lo administra.

El verdadero reto está en el gasto público:

  • 93% del gasto es inflexible (nómina, pensiones, seguridad, salud, transferencias).
  • El Congreso aprobó aumentar las transferencias a gobiernos locales del 23% al 39,5% de los ingresos corrientes de la Nación, decisión casi unánime.
  • Se incrementa el gasto social (salud, seguridad social), pero no hay disposición política para una reforma tributaria.

En síntesis: la economía crece de manera sostenible, pero las finanzas públicas están desequilibradas por decisiones estructurales y políticas. No hay problema inmediato de financiación, pero sí un desafío de sostenibilidad fiscal.

Resolver el tema fiscal es una tarea nacional, pero también debemos reconocer que el modelo de crecimiento basado en petróleo y carbón está agotado. Los precios son bajos, estamos en transición energética y la economía muestra nuevas dinámicas que debemos entender para definir hacia dónde movernos.

El contexto global ha cambiado:

  • Hay fragmentación geopolítica y debilitamiento de organismos como FMI, Banco Mundial y OMC.
  • Las cadenas de valor se están regionalizando por tensiones entre EE. UU. y China (chips, minerales, tierras raras).
  • Surge el concepto de friend-shoring: producción en territorios cercanos y aliados, reemplazando la globalización tradicional.

Esto implica que el territorio cobra relevancia en el desarrollo. EE. UU., antes líder del libre comercio ahora es proteccionista. ¿Qué oportunidades podemos aprovechar?

  • Con EE. UU.: relación indispensable pero insuficiente; es cercano, pero proteccionista y con un dólar debilitado.
  • Con China: lejana, pero ofrece financiamiento rápido y demanda minerales y energía, lo que nos da margen de maniobra.

Hoy, la abundancia de financiamiento externo refleja que inversionistas buscan mercados emergentes como el nuestro. No hay restricción de financiación, pero sí dilemas estratégicos: ¿Cómo posicionarnos en esta nueva geoeconomía?

Históricamente, América Latina creció cuando no estaba en el centro de las disputas globales (años 30-60). Hoy, la fragmentación abre espacios para definir un sendero propio de desarrollo, aprovechando nuestras ventajas territoriales y productivas.

Hoy, América Latina está relativamente al margen de las grandes disputas globales —entre Asia, Europa, China, Rusia y África—, lo que nos da cierto grado de autonomía para definir cómo insertarnos en la economía mundial. Esa es una oportunidad estratégica.

La Unión Europea busca minerales críticos y energía limpia, pero enfrenta limitaciones: falta de músculo financiero, divisiones internas y prioridades centradas en sus propias crisis (Rusia, China, Medio Oriente). América Latina puede ser un socio, pero no está en el centro de su agenda.

En este contexto, Colombia debe entender que el mundo cambió: no vamos a replicar la industrialización de los años 30 o el modelo de la CEPAL. Las cadenas globales están fragmentadas y la producción se regionaliza. No vamos a fabricar chips, pero sí podemos aprovechar nuestras ventajas.

¿Cuáles son nuestras potencialidades?

  • Huella de carbono insignificante (0,4%) y matriz energética limpia (80% hidroeléctrica).
  • Emisiones per cápita más bajas de la OCDE (1/5 del promedio).
  • Activos verdes: bosques, agua, biodiversidad (somos el país más diverso por densidad), minerales críticos.
  • Potencial para bioeconomía, biociencia y biotecnología.

Renunciar a ingresos fósiles sin alternativas ha agravado el déficit fiscal. Las regalías no deberían considerarse costo de producción; son pago por recursos naturales. Este fallo judicial ha reducido ingresos en 6-7 billones de pesos.

La transición energética debe financiarse con nuestros propios recursos. No podemos asumir costos que corresponden a economías centrales. Debemos entrar en la discusión global reivindicando nuestra riqueza verde.

La fragmentación geopolítica abre oportunidades, pero no garantiza beneficios. Colombia no debe limitarse a observar: debe actuar con flexibilidad, adaptarse a escenarios cambiantes y exportar capacidades, conocimiento y tecnología, no solo toneladas de commodities.

Un ejemplo de cómo agregar valor más allá del commodity es el café. Durante el pacto cafetero (hasta 1989), Colombia solo podía exportar café en pergamino; el valor agregado se hacía en los países centrales. Tras la ruptura del pacto, empezamos a exportar cafés especiales, ligados a territorios y con identidad propia: el café de Huila, el de Barichara, etc. Esto genera mayor precio, más renta y una narrativa territorial, como ocurre con el vino en Francia.

Este modelo puede replicarse en otros productos: frutas, cacao, mieles, proteínas vegetales. Es una senda que ya conocemos y que abre espacio para innovación y desarrollo local.

Otro sector clave es el turismo, que va más allá de sol y playa. Hoy crece el turismo de naturaleza y cultural: fincas cafeteras, parques naturales, Ciudad Perdida, avistamiento de aves. Esto no solo genera divisas, sino empleo en múltiples actividades: hospedaje, gastronomía, artesanías, transporte. A diferencia del modelo basado en petróleo y carbón —que genera poco empleo directo—, el café involucra 500.000 familias (millones de personas), y el turismo dinamiza economías locales. El valor agregado y turismo son oportunidades para diversificar la economía, generar empleo y fortalecer territorios.

Además del turismo tradicional, Colombia tiene oportunidades en turismo de salud, que crece con tratamientos médicos, odontológicos y estéticos. Ciudades como Bucaramanga ya cuentan con centros especializados, lo que genera divisas y empleo.

Otra fortaleza está en los servicios digitales: no producimos hardware, pero sí software. Empresas colombianas desarrollan soluciones, administran sistemas y ofrecen análisis de datos para multinacionales. Este sector paga buenos salarios y genera divisas, por lo que debemos potenciarlo. Con acumulación de capacidades, podríamos avanzar hacia hardware en el futuro.

También contamos con minerales críticos (níquel, cobre, tierras raras), que requieren regulación ambiental y beneficios para los territorios. A esto se suma la economía azul: Colombia tiene más mar que tierra, dos océanos y una plataforma marítima rica en pesca sostenible, biotecnología marina y logística.

Nuestra biodiversidad abre oportunidades para bioproductos, biociencia y biotecnología. Hoy, muchas multinacionales patentan moléculas que provienen de nuestra riqueza natural; debemos desarrollar investigación propia. Además, tenemos potencial para exportar energía eléctrica gracias a nuestra abundante riqueza hídrica.

Finalmente, está la economía popular. Colombia tiene altos niveles de informalidad, similares a países con menor PIB per cápita. Millones de personas viven del rebusque, y cualquier estrategia de desarrollo debe incluirlas. No basta con políticas industriales clásicas: se requieren enfoques que integren emprendimiento y economía popular.

La informalidad es uno de los mayores retos para Colombia —y para países como México, Ecuador o Perú—. Gran parte de la actividad económica está fuera de la regulación: sin registro mercantil, sin declaración de ingresos, sin facturación, sin aportes a seguridad social. El Estado suele abordarla desde lo punitivo, exigiendo que pase al emprendimiento formal, lo que implica cumplir con requisitos complejos: facturación, Cámara de Comercio, INVIMA, contador, revisor fiscal, etc.

Para el emprendimiento por necesidad (costureras, vendedores de comida, pequeños restaurantes), esto es inviable: la mortalidad empresarial para este tipo de emprendimiento es del 97% al tercer año. ¿Por qué? Porque compite con otros informales que no asumen esos costos. El resultado: quien cumple, fracasa.

El desafío es cómo incorporar la economía popular en un marco de derechos y deberes, sin excluirla. Hoy, no hay crédito para este sector ni acceso a compras públicas. Ejemplos:

  • Una asociación de padres no puede proveer alimentación escolar porque debe cumplir estándares industriales y competir en licitaciones con grandes operadores.
  • Un campesino no puede vender quesos a una alcaldía o al ejército porque no cumple toda la reglamentación.

Necesitamos políticas que permitan que la economía popular participe en el mercado formal, con reglas proporcionales y acceso a financiamiento y compras públicas.

Para enfrentar estos retos, es clave avanzar en la ley de competencias, fortaleciendo lo local y lo territorial, para que las comunidades validen procesos y tengan mayor autonomía.

Mi mensaje central es que debemos observar la realidad: estamos en un mundo que pasó del libre comercio y la globalización al proteccionismo, la fragmentación territorial y la descarbonización. La economía colombiana crece en sectores distintos, con un patrón sano y sostenible basado en ingresos, no en endeudamiento. Por eso, debemos repensar la idea de frenar el crecimiento con políticas monetarias restrictivas.

En el marco del proyecto prospectivo hacia 2050, recibimos señales claras que deben orientar las propuestas de desarrollo, especialmente ante el próximo debate presidencial. No se trata solo de diseñar soluciones desde la academia, sino de interactuar con la realidad, los territorios, los procesos empresariales y sociales.

El desafío es construir un nuevo modelo de desarrollo, que genere valor agregado y articule sociedad, academia y economía. Si lo hacemos bien, será para bien; si no, para mal.

Muchas gracias.