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Los Cartuchos: un enterramiento indígena

Vestigios Arqueológicos 1872-01-03 Vélez, Santander, Colombia Tomo VII
Mientras concluía el dibujo que había comenzado el día anterior, mis amigos los Señores Guarín y Santos, se habían dirigido hacia las lomas que quedan al Oriente, para ver mejor la profundidad de la quebrada del Gran Curí y unos derrumbaderos que quedan a la izquierda, a que dan el nombre de "los cartuchos", por su forma especial, que describiré más tarde. Mis amigos volvieron a eso de las once entusiasmados con dos grandes noticias: la primera que Los Cartuchos eran una cosa notable y que en manera alguna debía dejar de ver; y la segunda, que al pie del sitio así llamado, se hallaba una cueva que había servido de enterramiento a los indígenas. Para entusiasmarme más, el Sr. Guarín había hecho un ligero dibujo de aquella parte interesante del monte, y el joven Santos me traía los fragmentos de un cráneo, consistentes en un hueso frontal y un parietal, y además una mandíbula inferior que conservaba aún la mayor parte de sus molares. El hueso frontal particularmente demostraba, por su magnitud y forma haber pertenecido a un individuo adulto, varón probablemente, y dotado de un desarrollo cerebral, no muy común entre la raza indígena.

Para entusiasmarme más, el Sr. Guarín había hecho un ligero dibujo de aquella parte interesante del monte, y el joven Santos me traía los fragmentos de un cráneo

Teniendo en perspectiva el examen de objetos que llamaban mi atención de una manera tan poderosa, despachamos el almuerzo de prisa; y guiados por el dueño de la casa, y acompañados de algunos peones, nos encaminamos hacia la quebrada. Antes de llegar, pasamos cerca de algunos ranchitos, uno de ellos sobre todo tan miserable, que sus paredes apenas tendrían de elevación algunos dos pies desde el suelo hasta el arranque del empajado. Como a un kilómetro de distancia de aquel lugar, empieza la cuesta, que consiste en un plano sumamente inclinado, cuyo terreno cubierto de greda y cascajo, con algunas piedras erráticas, alimenta una capa de cierta gramínea especial llamada chusque, de tallo duro y consistente, que contribuye a hacer mucho más resbaladizo aquel horrible plano.

Empezamos a bajar, apoyándonos con la mano derecha en unos palos puntiagudos que al efecto llevábamos, y asiéndonos con la izquierda de las gramíneas que encontrábamos al paso, entre las cuales se hallaban más de una vez plantas espinosas, que, a pesar del dolor que nos producían, no nos atrevíamos a soltar, por miedo de caer rodando al abismo.
Desde el principio de la cuesta divisamos ya Los Cartuchos, a cuyo aspecto no pude menos de lanzar una exclamación de asombro, producida por un espectáculo tan sorprendente.

Figúrese el lector un elevadísimo cerro formado de calizas en estratos aproximadamente iguales, de uno a dos pies de espesor, donde artificialmente se hubiesen labrado a pico varios torreones de forma perfectamente cilíndrica, y algunos trozos de muralla para unirlos entre sí, como en las antiguas fortalezas romanas o góticas, y que además por capricho se hubiese dejado sobre cada uno de esos torreones una especie de cono formado de tierra vegetal donde se elevase una capa lozana de gramíneas y algunos arbustos; y tendrá una idea aproximada de aquel conjunto maravilloso. Todo esto ocupa una extensa línea semicircular en lo más elevado de un monte, y la base sobre que se apoya baja en laderas muy empinadas, hasta el fondo profundísimo de un claro arroyuelo, que lleva su agitado y espumoso curso por entre los trozos de roca desprendidos desde lo alto de las montañas.

Los Cartuchos
Tomo VII
Los Cartuchos
1872-01-02
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel blanco
16 x 27,2 cm

En el lado opuesto la falda del monte ha sido también cortada por algunas partes en elevados escarpes por la acción lenta del tiempo, o por algún cataclismo; y los estratos de la roca aparecen en una gran extensión formando un altísimo muro, que sirve de base a otra escarpa superior, como bastiones medio desmoronados de una fortaleza ciclópea.

Después de admirar por largo rato aquellas maravillas imposibles de describir con exactitud, continuamos nuestro descenso cada vez más rápido y peligroso, por donde un descuido, un resbalón o un mal paso, hubieran tenido la muerte por consecuencia inevitable. Pero nuestro deseo de llegar hasta el fin era más poderoso que el temor de que justamente nos hallábamos poseídos, y con la ropa llena de barro, de caminar a veces a rastra, como los reptiles, y lo que es peor aún, con las manos ensangrentadas, bajamos hasta el pie de una escarpada y elevadísima roca, donde encontramos removido el terreno y la puerta de una pequeña cueva que nada contenía, porque los restos humanos que en algún tiempo encerraba habían sido esparcidos sobre la tierra polvorosa de la parte exterior, por los buscadores de oro y profanadores de sepulcros.

Entre los huesos que encontramos, había muchos de niños de corta edad, y los que eran de personas adultas, demostraban haber pertenecido a individuos de talla elevada y de constitución muy vigorosa.

A las cinco de la tarde empezó a caer una menuda lluvia que nos hizo pensar en nuestro regreso, con tanto más temor, cuanto que por aquel accidente debíamos encontrar a la subida mucho más resbaladizo el terreno. Dejamos por inútiles los palos puntiagudos que nos habían ayudado a bajar, y empezamos nuestra ascensión con trabajos que no son para escritos, fatigados y jadeantes, agarrándonos hasta con los dientes de todo cuanto encontrábamos, y maldiciendo la calaverada que nos había puesto en aquellos apuros, sin dejar por eso de reír como locos, y buscar ocurrencias que excitaran la hilaridad, acaso para ocultar mejor el miedo que nadie quería mostrar a las claras.

Por fin, al cabo de media hora de fatigas, sustos y sobresaltos, llegamos a puerto de salvación, donde nos detuvimos a respirar con el placer del que escapa milagrosamente de un grave riesgo; y a las seis menos cuarto, empapados por la lluvia, llegamos a la choza hospitalaria, a cuya puerta se hallaba mi escribiente muy tranquilo fumándose un cigarro, porque su falta de agilidad y la torpeza proverbial de sus pies, lo relevan siempre de exponer su pellejo a este género de aventuras.
Cenamos con los restos de nuestras provisiones y algo que pudieron añadir nuestros amables huéspedes, y nos acostamos temprano, tanto para madrugar al día siguiente, como para buscar en el reposo alivio a las fatigas de un día tan agitado.
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