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De relatos y desengaños

Vestigios arqueológicos 1870-03-29 Luquillo, Puerto Rico Tomo I
Dos grandes sorpresas me guardaban mis amigos para este día: una visita a la célebre Cueva del Indio, de la cual cuenta el vulgo historias maravillosas, y otra a un peñasco no menos célebre, designado en el país con el nombre de la Botijuela, por tener en su forma cierta analogía, aunque muy vaga, con la de este utensilio doméstico.

Habíanme asegurado con toda la buena fe del mundo, que en aquella cueva encontraría restos muy notables de antigüedades indias; que sus paredes conservaban aún grabadas ciertas figuras alegóricas, que nadie había podido descifrar; que alrededor de la gruta había asientos tallados en la roca, donde sin duda los habitantes primitivos debían celebrar sus misteriosas asambleas; y por último, que hasta hallaría restos de sepulcros de aquella época remota, que no podrían menos de darme alguna luz sobre una de las manifestaciones que más carácter suelen tener entre los pueblos salvajes. Respecto a la Botijuela, decíanme también que su forma era indudablemente artificial; que se notaba en su exterior la huella indeleble del trabajo humano, y que en su parte superior se adaptaba una especie de tapón perfectamente ajustado, señal evidente de que la piedra contenía en su interior un receptáculo, donde acaso en la época de la conquista habrían ocultado los naturales sus más preciados tesoros.

[...] Como la excursión había de ser larga, preparamos un almuerzo campestre, que debíamos tomar cerca de la cueva; montamos a caballo a las siete de la mañana, y antes de las nueve estábamos ya al pie del monte, en cuya falda se halla el antro misterioso que de tal manera tenía mi curiosidad excitada. Un negro, llamado Ayala, habitante en aquellas cercanías debía guiarnos hasta la puerta; y en efecto allí nos estaba esperando; pero con ánimo decidido de no penetrar en las entrañas del monte.

[...] Ya en la boca de la cueva, sólo mi amigo Ramiro tuvo bastante abnegación para seguirme; y excitado el amor propio del negro, éste se aventuró también a penetrar "en compañía de los blancos", santiguándose antes con profundo recogimiento y recitando en voz baja una oración para nosotros ininteligible.

Hallábase la boca obstruida por una espesa cortina de bejucos y otras plantas, que hubo que separar a fuerza de machete; hecho lo cual, y preparada una antorcha, que necesitaríamos muy pronto, penetramos a rastras, como el lagarto en su guarida, no sin peligro de rompernos el cráneo contra la punta de alguna roca. Así avanzamos algunas varas, siempre descendiendo, hasta que la cavidad, ensanchándose de repente, nos permitió ponernos en pie y examinar lo que en su interior contenía.

¡Qué desencanto! Ni en el piso, ni en la bóveda, ni en las paredes había la menor huella de la mano del hombre; todo presentaba la misma deforme irregularidad con que aquellos enormes peñascos se habían colocado, sosteniéndose unos a otros, en los momentos del cataclismo que formó aquella concavidad en las entrañas de la tierra. El negro procuraba en vano descubrir un signo en cada grieta natural de la roca; las leves y casi imperceptibles cristalizaciones de su superficie, que reflejaban los rayos de la luz que nos alumbraba, eran para él indicios de una riqueza mineral de valor inmenso, y cualquier plano horizontal, de grande o pequeña extensión, respondía perfectamente a la idea misteriosa, por él y por el vulgo acariciada y preconcebida.

No merecía ciertamente la cueva del Indio el trabajo empleado en investigarla, pero al fin habíamos logrado desvanecer una de las muchas preocupaciones tan comunes en todos los pueblos, y esto ya era algo.

Salimos de allí sofocados por la atmósfera caliente y húmeda que nos había causado una gran molestia, y pronto el aire puro del campo volvió a dilatar nuestros pulmones. Al salir de la cueva, vimos enroscada una culebra enorme entre unas matas; al vernos, levantó la cabeza y empezó a desenrollarse, mas yo, que tenía mi escopeta a mano, le di muerte antes de que concluyera su operación. Medímosla después, y tenía de largo cerca de tres metros y más de veinticinco centímetros de circunferencia en su mayor diámetro. Al tiro salió de su bohío próximo una negra vieja, que empezó a llorar desconsolada, al ver muerta a su cazadora. Entonces supe que estos reptiles, a veces de gran tamaño, son enteramente inofensivos y prestan grandes servicios a los habitantes del campo, destruyendo muchas sabandijas y animalejos perjudiciales. Di a la negra algunas monedas para sus chicuelos y se quedó más consolada.

Almorzamos en la misma cabaña; volvimos a montar a caballo, y nos encaminamos al sitio donde se halla la Botijuela. Allí nos esperaba otro desengaño, mayor si se quiere que el que habíamos experimentado en la Cueva del Indio. La piedra tan renombrada no es más que un gran peñón errático, de conglomerado arenisco, redondeado por el movimiento de rotación, que al conglomerarse incrustó un pedazo de roca de formaciones anteriores, el cual aparece en forma de tapón irregular sobre su parte más elevada.

Para llegar hasta donde se hallaba la tan decantada maravilla, un negro del país tuvo que abrirnos paso entre la maleza a fuerza de machete, trabajo que no merecía la pena de ser empleado, aunque el descubrimiento hubiera sido de alguna más importancia.

No merecía ciertamente la cueva del Indio el trabajo empleado en investigarla, pero al fin habíamos logrado desvanecer una de las muchas preocupaciones tan comunes en todos los pueblos, y esto ya era algo
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