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Pamplonilla La Loca

Ciudades y pueblos 1883-12-05 Pamplona, Norte de Santander, Colombia Tomo XI
Después de una noche bastante fría por las malas condiciones de nuestra posada, salimos a las nueve de la mañana en dirección de Pamplona. Los campos que atravesamos, en su mayor parte incultos, se hallan a una gran elevación sobre el nivel del mar y su temperatura es fría y desapacible. En una extensión inmensa, apenas se ve de cuando en cuando alguna choza miserable y algún corto rebaño de ovejas custodiado por humilde pastora, aterida de frío, o por algún muchacho medio envuelto en su ruana burda, que va buscando de trecho en trecho matas en qué abrigarse del viento que le hiela y a cuyo amparo poder recibir más de lleno un rayo de sol que lo abrigue y conforte.

En aquellos páramos se hallan hoy abandonadas las ricas minas de oro corrido que, explotadas por los pamploneses en los primeros tiempos de la Colonia, produjeron tantas riquezas, que los habitantes de la ciudad, creyéndolas inagotables, se entregaron a los mayores despilfarros del lujo por lo cual llegó la ciudad a adquirir el nombre de Pamplonilla la loca. Las célebres minas de Baja y Vetas han perdido hoy toda su importancia, que no dudamos volverán a adquirir, cuando se consagre a su explotación la inteligencia y los recursos que están demandando. En cuanto a la riqueza de toda aquella comarca, la indican muy bien los terrenos auríficos de Girón, arrastrados allí por la fuerza de acarreo desde la cumbre de los páramos donde las minas están situadas.

Calle Real de Pamplona, tomada desde la entrada del sur
Tomo XI
Calle Real de Pamplona, tomada desde la entrada del sur
1883-12-05
Anónimo
Fotografía sobre papel
9 x 12,6 cm

A la una de la tarde, sin dejar de subir cuestas más o menos penosas, coronamos el cerro que por el sureste domina la ciudad, y ésta apareció a nuestros ojos como un bellísimo panorama. El valle en cuyo fondo se asienta es muy profundo y de forma irregular. El sitio que la población ocupa es un llano, donde el valle toma su mayor ensanche, y el suelo es de sedimentos, donde abundan de tal modo las arenas micáceas, que los rayos del sol brillan como si la tierra estuviese sembrada de infinitas partículas de oro. Las calles en general son anchas y en ellas hay buenos edificios, que recuerdan las antiguas construcciones españolas; es capital del Obispado del mismo nombre; tiene seis o siete templos, un colegio de segunda enseñanza y un seminario.

[...] En Pamplona me detuve sólo el tiempo necesario para saludar a algunos amigos, y acompañado de uno de ellos, el Sr. doctor D. Isidoro Ortiz, continuamos nuestra marcha hasta descender a una temperatura de diez y nueve grados y encontrar una posada modesta donde pasamos una agradable noche.
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