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HABITANTES
NATURALES DE
COLOMBIA

Los indígenas que Gutiérrez de Alba conoció

Composición gráfica basada en las láminas de José María Gutiérrez de Alba (1822 - 1897) | Impresiones de un viaje a América (1870 - 1884)

Al partir a su excursión a los Llanos de San Martín, en compañía de la comisión exploradora dirigida por el doctor Romualdo Cuervo, al despuntar el mes de enero de 1871, José María Gutiérrez de Alba escribió en su diario:

“Yo por mi parte, ávido como ellos de emociones, y ansioso de conocer un territorio casi inexplorado, donde la Naturaleza ha derramado a manos llenas sus más preciosos dones, donde el hombre civilizado no se ha atrevido sino muy rara vez a penetrar hasta ahora, y donde existen aún tribus indígenas en su estado primitivo, no cabía en mí de gozo a la sola idea de ser el primer europeo que en estos tiempos de positivismo alcanzase tan envidiable gloria”.

No era por cierto el primer europeo en visitar los extensos territorios de los Llanos Orientales o el Caquetá, a donde viajó en 1873. Su visión de Colombia era la corriente en su tiempo: un país con inmensas extensiones de tierra prácticamente inexploradas, plenas de riquezas y apenas habitadas por grupos indígenas dispersos. De una extensión total de 1.401.500 kilómetros cuadrados que tenía Colombia en la época de Gutiérrez de Alba, incluido el istmo de Panamá, los Llanos Orientales y las selvas de la cuenca amazónica, que componían el territorio del Caquetá, sumaban aproximadamente 813.000 kilómetros cuadrados, el 58% del territorio nacional, equivalente a la superficie de España e Italia juntas. Toda esa extensión estaba habitada por una población que, según cálculos de la época, apenas llegaría a 70.000 personas, incluidos pueblos indígenas, misioneros, comerciantes y colonos. Solo en los Llanos Orientales, según cálculos de Agustín Codazzi, moraban “apenas 16.480 indios salvajes”, en una proporción de 9 o 10 habitantes por cada cien kilómetros cuadrados.

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¿Cuáles eran los grupos sobrevivientes en la época de Gutiérrez de Alba? Él mismo, basado en Codazzi, nombra a los grupos de indios de las dos regiones de los que tenía noticia: “Las principales agrupaciones son las del territorio del Caquetá, donde entre otras tribus existen la de los Andaquíes, Mocoas, Coreguajes, Guaques, Tamas, Carijonas, Huitotos, Mesayas y otras menos importantes, entre las cuales hay algunas todavía antropófagas. En las orillas del Meta y sus afluentes viven en el mismo estado salvaje los Goahivos, Omaguas, Enaguas, Macucúes, Churruyes o Bisaniguas, Salivas, Amarizanos, etc.”.

De estos grupos, Gutiérrez habitó entre los churruyes o bisaniguas en la ranchería de El Piñal, a la orilla del río Güejar en el territorio de Los Llanos de San Martín, los cuales “salieron a recibirnos en número de unos veinte y tantos, entre hombres, mujeres y niños, preguntándonos en castellano mal pronunciado si éramos gente mansa o gente brava”. En el Caquetá conoció de cerca a los coreguajes y los guaques en las diversas rancherías que visitó.

Escena entre los indios churruyes o bisaniguas
Tomo V
Escena entre los indios churruyes o bisaniguas
1871-02-02
Gutiérrez de Alba, José María
Acuarela sobre papel amarillo
16,2 x 25,8 cm

En su diario, Gutiérrez hace descripciones detalladas de variados aspectos de la vida de los indígenas, entre ellos, indumentaria, vivienda, costumbres funerarias, creencias, actividades de subsistencia, costumbres culinarias y alimentos, preparados algunos con animales cazados por el propio Gutiérrez y sus acompañantes. Aunque algunas descripciones se basan en los escritos de Codazzi y Joaquín Acosta, la mayoría de ellas fueron resultado del contacto directo de Gutiérrez con estas comunidades indígenas.

Las descripciones literarias de Gutiérrez están finamente complementadas por un conjunto de láminas a la acuarela, que son algunas de las primeras imágenes modernas de indios que se registran en la iconografía colombiana.

Detalle lámina
Detalle lamina “Escena entre los indios churruyes o bisaniguas”

En su diario se encuentran escenas tan pintorescas como la del bautismo de “siete indiecitos de ambos sexos, de tres a siete años”, en los Llanos de San Martín, bautiza dos por el doctor y sacerdote Romualdo Cuervo, y de tres de los cuales Gutiérrez de Alba fue padrino; O la curiosidad que causaba la barba de su escribiente, entre los indios del Caquetá, quienes le hallaban “alguna semejanza con un mono bermejo, llamado vulgarmente mono cotudo”; y la reacción de los indios, tanto de los Llanos como del Caquetá, ante las plumas de acero que usaba Gutiérrez para sus dibujos y sus manuscritos, y que los indios que conseguían apoderarse de ellas “la mostraban a sus compañeros como un objeto precioso, cuya posesión parecía que los demás envidiaban”.

El talento descriptivo de Gutiérrez se encuentra también en las descripciones individuales de personajes reales, como Mauricio, gobernador, médico y brujo de los habitantes de Puicuntí, en el Caquetá; Taita Joaquín, jefe de los indios del Piñal, en los Llanos de San Martín; Y la de un joven coreguaje “que tenía sus puntas de elegante o dandy, como diríamos en Europa, o de cachaco, como en Colombia se llaman”, muy entregado a su adorno personal de plumas y pintura.

Imagen
Imagen

Dentro de los registros textuales y visuales realizados por Gutiérrez, se destacan aquellos asociados con las costumbres familiares, donde se encuentran representados las mujeres y los niños. Entre las mejores descripciones se incluyen: un relato en el que el escritor enseña en todos sus pormenores el “toilette de mañana” de una india, a orillas del Río Caquetá; apreciaciones de la indumentaria de las mujeres indígenas de las tribus que vivían sobre el Río Orteguaza; y la maternidad entre los indios Coreguajes, entre otros.

“…en el momento que la mujer da a luz un hijo, el marido se encarga de todos los cuidados de la maternidad, excepto la lactancia, entregándose a un completo reposo en el hogar, sin permitirse trabajo ni fatiga de ningún género, por espacio de algunos meses, mientras la mujer y los vecinos acuden a todas sus necesidades. Fúndase esta práctica en la creencia de que si el padre hace algún esfuerzo o se entrega de algún modo al trabajo, perecerá el hijo irremediablemente”

Como escritor, las lenguas indígenas causaban particular interés en Gutiérrez. Es así que, en su viaje al Caquetá, incluye algunas apreciaciones sobre los dialectos de las tribus de ésta región, en especial de los Coreguajes:

El dialecto de esta tribu se distingue especialmente por ser casi todas sus palabras breves y agudas; a muchas de ellas dan una pronunciación nasal […] Casi todas sus frases se terminan por una especie de quejido breve, y muchos de sus períodos con una nota agudísima y muy prolongada, donde la voz se eleva algunas veces hasta un desaforado grito.

Los que hablan algunas palabras en español, no conocen ni usan otro tiempo del verbo más que el gerundio: así es que por ejemplo, para decir comí, como o comeré, dicen siempre comiendo […]

Pero, además de plasmar sus impresiones sobre estas lenguas, Gutiérrez organizó un vocabulario de cerca de trescientos vocablos de los dialectos de los Coreguajes y los Tama, del Caquetá. Fue formado por Gutiérrez, a partir de lo que él escuchaba “oyendo a los indios más inteligentes”, con la guía del padre Manuel María Albis y de Eugenio Mosquera, el intérprete y piloto de la expedición, de origen africano, y quien “hablaba casi todos los dialectos de aquella región del alto Amazonas”. Gutiérrez anexó este vocabulario al final del Tomo IX de su obra.

Vocabulario de dialectos de algunas tribus del Caquetá.
Vocabulario de dialectos de algunas tribus del Caquetá.
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Las ricas descripciones de Gutiérrez acerca del modo de vida de las tribus indígenas, están acompañadas por episodios acerca del “contacto” entre viajeros y nativos, que nos dejan ver, entrelineas, las reacciones frente al “Otro”:

“En todo el tiempo que estuvimos en Puicuntí, nos divirtió sobre manera la cándida manía de mi escribiente, de ponerse a conversar con los indios, él en español y ellos en coreguaje, sin entenderse unos ni otros, y por el solo placer de escuchar sonidos que para ninguno de ellos podían tener significación alguna.”

“Mientras él se entretenía en hacerles algunas reflexiones sobre la deformidad que resultaba de pintarse el rostro, y particularmente de teñirse de negro los labios y los dientes, ellos satisfacían su curiosidad infantil, manoseándole los vestidos y la barba, abriéndole la camisa para examinarle el pecho, y entregándose a todo género de investigaciones, que sólo hallaron límite en el pudor del investigado.”

Gutiérrez hace una reflexión final sobre el territorio y su población que hoy suena a auténtica paradoja: “Pero ¡ah! este país, tan extenso como fecundo, cruzado por anchas arterias, navegables todas, desde la falda de la cordillera, permanecerá, Dios sabe hasta cuándo, bajo el estéril dominio de las tribus salvajes que habitan sus riberas, compartiendo su poder con el león, el tigre y los reptiles ponzoñosos que pueblan sus bosques, y el boa, la babilla y el caimán, dueños de sus lagunas y de sus más caudalosas corrientes”.

Si el sueño de su tiempo era el de reducir a los “indios salvajes” y promover la colonización y la explotación de territorios tan extensos y ricos, el sueño de hoy, traducido en disposiciones gubernamentales más o menos efectivas, es el de convertir a los indios en guardianes de aquellos territorios, convertidos en parques naturales, para tratar de evitar su pérdida total.

Texto de Efraín Sánchez

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